Comenzaré por apuntar de manera somera el contexto en el cual considero se ubica la obra de R. Magritte, para después hacer un comentario sobre la exposición en sí y por supuesto, en el propio contexto de un museo como Bellas Artes y de México.

Es importante iniciar indicando que el gran contexto de la obra de R. Magritte se sitúa históricamente en una crisis de la cultura moderna europea. A esta crisis responden las corrientes artísticas de lo que conocemos como vanguardias, entre ellas el surrealismo, dentro del cual se ubica generalmente la obra de Magritte, pero también del fauvismo y el cubismo, en la cuales experimentó.
Ahora bien, la cultura moderna surgida con el capitalismo encuentra su definición histórica en una particular forma de relación hombre-mundo (Jameson, Fredric, El Posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado) en términos de producción, como apunta F. Jameson, en la creación de las mercancías.
Las vanguardias, por su parte, surgen en el marco de crisis históricas como las guerras mundiales y el cambio de siglo, se definen por una actitud que procura el rompimiento con el pasado en favor de lo nuevo, con la idea de un futuro liberador y progresista. Ahora bien, la relación que vanguardias y cultura moderna sostienen es justamente, que la primera se da en el marco de una crisis de la modernidad, que como menciona Eduardo Subirats (La flor y el cristal : ensayos sobre arte y arquitectura modernos), se encuentra en una etapa epigonal. Este momento crítico es significativo en las vanguardias por su estética de la destrucción, su alabanza a las máquinas, sus manifiestos y contenidos programáticos, siempre procurando el rompimiento con la tradición, siempre , a excepción del surrealismo, evitando la representación mimética.
Como puede observarse, en la obra de Magritte, la cuestión mimética es un nudo problemático, lo lleva no sólo a hacer una suerte de experimentación retórica o a confrontar a las mismas vanguardias, férreas defensoras de la oposición a la mímesis hegeliana y la figuración (todo ello dirigido a favorecer el formalismo), sino también a un cuestionamiento tan fundamental, que será, por ejemplo, una de las bases del arte conceptual.
La analogía entre la obra de Magritte y una de las líneas del arte conceptual, a decir de Simón Marchan Fiz (Del arte objetual al arte de concepto (1960-1974)), el conceptual lingüístico, es sugerida en la exposición de Bellas Artes, al indicar incluso, en una de las líneas cronológicas, la obra de Joseph Kosuth, Una y Tres Sillas, aunque la mención pasa por mucho, desapercibida.
Muchas afinidades podemos encontrar al respecto de este cuestionamiento radical de la obra de Magritte, a saber la intricada relación significante- significado- referente (ceci n’est pas une pipe), y muy probablemente el propio R. Magritte lo hizo sin proponérselo, es decir sin procurar, como lo hacen los conceptuales, utilizar el binomio texto/imagen para alterar, dislocar significados y de una manera muy sutil, lograr con ello un grito, una protesta; y sin embargo lo hace.
El conceptual se alimentó de las vanguardias y además consiguió una crítica que llevó a revalorar los postulados mismos del arte (cuestionando por ejemplo el principio pictórico de composición), lo llevó también a procurar otros circuitos de distribución, como la calle o la publicidad misma o el correo, circuitos del los que se valió el propio R. Magritte. Pero también, como atestiguamos de forma poderosa en su obra, porque nos muestra la declaración expresa del artista sobre lo que es el arte. Y justo la obra de R. Magritte, nos dice que el arte es esa otra forma de problematizar el mundo, concretamente las crisis de la cultura moderna, sus contradicciones, la particular definición del sujeto en las sociedades de masas, la emergencia de un cambio en la recepción del arte. De manera que lo reducimos mucho, cuando decimos que su obra nos muestra los objetos de una forma en que no los habíamos visto, o que es un desafío a la percepción, lo reducimos porque ubicamos su obra en el puro acto de ver y no en el del contexto de la visión, en la visualidad, en su época en la inmensa gama de relaciones visuales que su obra implica, desde las “evidentes” hasta las implícitas, aquellas que hablarán de la época, que dirán algo del lo que el arte ha implicado a nivel histórico, cultural, finalmente humano.

En este sentido, llama la atención finalmente, que la titular de Bellas Artes, Roxana Velásquez, haya mencionado: “Pensamos que 2010 es la fecha ideal para la exposición. Si bien ésta no se encuentra relacionada con los eventos históricos de México, hay que recordar que hace un siglo Porfirio Díaz celebró la Independencia con exposiciones de arte japonés, español y francés. Lo que veremos en esta muestra es al mundo rindiendo homenaje a un artista, cuya obra se presenta en una nación que celebra su Independencia”.
Claro que la idea misma de independencia ya es de por sí cuestionable, pero la mención de la forma de celebrar de Porfirio Díaz, ejemplifica claramente como en el transcurso de este siglo, México sigue entrando y saliendo confusamente de la modernidad, la tan prometida modernidad.
Lo que siguió a el hoy irrisorio afán de P. Díaz por situarnos como un país moderno, capaz de celebrar exposiciones “verdaderamente internacionales”, fue la vanguardia, la latinoamericana, específicamente la mexicana. Aunque las vanguardias en Europa tuvieron un carácter someramente nacional, éste es definitorio en América Latina. Para el caso de México, el nacionalismo es una pauta a seguir en el muralismo, los muralistas, sin embargo, tenían una idea de nación positiva y afirmativa. Y desde esta perspectiva, parecía urgente la reivindicación de ciertos sectores sociales como los indígenas y los obreros; los muralistas se auto nominaban obreros y perfilaban en la Revolución un cambio social al cual ellos contribuían mediante su trabajo. Las vanguardias latinoamericanas encontraron tal apego en el contexto del nacionalismo, que lo llevaron no sólo a una aceptación generalizada, sino a la institucionalización misma.
Por su parte las vanguardias europeas, entre las que se ubica la obra de R. Magritte, se caracterizaron por si oposición a la tradición, a través de la exacerbación de sus estéticas claramente críticas de la mímesis y la figuración y sus actitudes llegan a ser contestatarias contra gobiernos, relaciones de producción (no extraña que el mismo R. Magritte perteneciera al partido comunista belga), etc. Las vanguardias europeas pueden entonces situarse claramente en el contexto de crisis de la modernidad, mientras que en América Latina, aunque entra en ella, por su pasado colonialista, el proceso de modernización es completamente heterogéneo y seguirá suscitando debates de largos alcances históricos.
Nos corresponde hoy, en el marco de esta “magna celebración” y a propósito de esta exposición “verdaderamente internacional”, entender los matices de las crisis de modernidad en México, lo sintomático que ha sido el arte en ese sentido, la marca indeleble del nacionalismo como promesa y vanagloria del arte “verdadera y auténticamente mexicano”, y acaso si ello nos podrá confrontar con problemas que siguen siendo urgentes en el México actual: la pobreza, la marginación, el medio ambiente y claro la narcoviolencia…