La problemática sobre la cual me centraré, tiene como núcleo la posibilidad de asimilación y apropiación de Internet, en su calidad de medio de comunicación masiva, para la práctica artística política.
Sabemos que la batalla política entre la autonomía del arte y la mercantilización se orienta hacia una pérdida de esencia política, política en términos de relaciones intersubjetivas (Suazo Felix, « Para una redefinición de lo político en las prácticas de creación contemporáneas » en México Curare, No 16, Julio-Diciembre, 2000) . Esto en todo caso, ha provocado al interior de las prácticas artísticas una tensión entre lo real y lo posible que podemos extender hasta la unificación del arte en la vida, largamente ambicionada.
En este sentido, de alguna manera los medios, como la red, pueden orientarse a una dimensión crítica en un contexto espacio-temporal que se enfoque a una redefinición de lo político en las prácticas de creación contemporánea, que contemple la práctica de los medios como una forma de actividad social posibilitada para la re-politización del arte a través de estrategias de comunicación.
Estrategias que implican lo personal; porque lo personal es político y muestra las huellas de las transformaciones de las estructuras sociales dominantes; y porque puede hacer evidente el juego cínico de las relaciones intersubjetivas que llega a constituir la política.

De manera que la pretensión de hacer a través de los medios de comunicación masiva y de sus imágenes un principio artístico visto como manifiesto; no es única ni extraordinaria por el hecho de tratarse de Internet; sin embargo, Internet supone un campo de acción para la práctica artística que puede valerse de esas series de relaciones políticas que son signos, imágenes, contextos y usos sociales en un proceso de circulación, reorientando de forma heterogénea y diversa lo que ya ha sido producido, inscribiendo la práctica artística en una red de signos y significados que no son para nada considerados como formas únicas y auténticas y que encuentran su significado profundo en su inserción en los múltiples flujos de producción que supone la red (Bourriaud, Nicolas, Postproduction. Culture as screenplay : how art reprograms the world, p. 17).

El concepto de interfaz está asociado con el uso y función de un sistema: una superficie que forma un límite común entre dos porciones de materia o de espacio, estas dos porciones o polos, bien pueden ser, para el caso de la interfaz, el lenguaje y la imagen, así, “la interfaz es un mecanismo iterativo que, a través de esquemas lógicos, relaciona el lenguaje con la imagen” .
De manera que, en su calidad de mecanismo en el proceso de comunicación, es también, una representación concreta de la intención de comunicar y de la permanencia del circuito emisión – recepción; es un terreno de actividad que puede ser no excluyente y que habla de la movilidad de los significados, que puede incorporar un uso estratégico del repertorio de imágenes para dirigirse a un diálogo.

Alrededor de la construcción de la interfaz, se establecen y legitiman relaciones de producción y se especializa la fuerza de trabajo, haciéndose patente el ejercicio del poder a través de las imágenes. El saber técnico opera como una conciencia práctica del uso, tal es el papel de la metáfora en la interfaz, cuya principal función es la de la operatividad (Quintero Liliana, “Nuevas tecnologías, nuevas formas de hacer arte”, en Simposio Las Nuevas Tecnologías y su Inserción en la Plástica Tradicional, ENAP-UNAM, México 2005).
De manera que las estrategias de la post producción como método y procedimiento para el montaje (edición) en red parecen ser viables para mostrar que la construcción de textos, es una confluencia interminable que en su calidad de tejido (hipertextualidad) muestra la intertextualidad misma de lo social.

Acceder y navegar son acciones distintivas de la interfaz que bien pueden ser entendidas como una irrupción o una interrupción, es decir, como formas de generar espacios, de manera que el concepto mismo de navegación es el indicador de un acto no sólo de exploración del espacio, sino también de apropiación y abstracción del mismo.
La interfaz tiene pues una dimensión espacial que se orienta a lo conductual: presentar una serie de estímulos encaminados a una respuesta-participación, lo que comúnmente es llamado interactividad.
El montaje como mecanismo configurador de la interfaz, tiene una importancia fundamental para incentivar la interactividad. Sin embargo, éste no puede homologarse al del cine, ya que no es tan importante su puesta en escena, como su puesta en espacio-tiempo. Así por ejemplo, una secuencia es mas bien una construcción espacio-temporal dinámica, donde el contexto restituye la visibilidad (Berenguer Francisco, “La Interfaz electrónica. Cuando el mundo no cesa de hablar.” En Simposio, Ibíd.). No interesa tanto ver el decurso de un acontecimiento como acceder a él y en buena medida, alterarlo.

La interfaz sugiere también que existe una cierta cantidad de trabajo elaborado y almacenado (A la manera en que sugería el trabajo conceptual de On Kawara « Un millón de años » de 1971) que apunta hacia una inmaterialidad que lo dota de una gran capacidad de movilización para ser compartido (Shareware, como señala Bourriaud en Op.cit., p., 86). La interfaz es un lugar practicado, vivenciado en un sentido restringido, sin ser del todo un no lugar, sino más bien un lugar generado o generándose. Con significados variables e indeterminados, donde lo contingente cede lugar a lo eventual, lo probable.

Al encontrarse en un amplio proceso de significación, hace convencionales sus significados mediante su cualidad metafórica e icónica, y al hacerlo, abre paso a la reinterpretación; las relaciones que crea y permite, están directamente asociadas al espacio-tiempo y el usuario mismo se presenta como un sujeto indefinido, no concreto y general, lo que empuja al configurador a constituirse él mismo en ese sentido y a procurar una visión de conjunto ligada a una noción social, en donde la recepción y la participación son componentes de la realidad prolongada y restituida, nunca concreta ni específica (aquí, podemos abrir paso al debate de la práctica de la interfaz en el marco de un mundo globalizado y plural). Es por ello que puede permitir un cambio en la vivencia de la temporalidad dándole un giro a la recepción pasiva del espectador y haciendo intervenir a un emisor-autor y a un receptor-autor, que devienen interlocutores no concretos e indefinidos cuyo papel oscila entre la recepción y la participación. La obra puede entonces situarse así en un intersticio social, operando en esas fisuras del poder (Bourriaud Nicolas, « Estética Relacional », en Blanco Paloma, et.al., Modos de hacer, arte crítico, esfera pública y acción directa, 2001.)

Lo que parece entonces emergente en el debate, son las formas de elaboración colectiva de sentidos, sentidos que no sean generados desde los cotos de poder sino que se dirijan a la propuesta de relaciones sociales hachas de vínculos. Así, alrededor de la práctica, del uso social de la interfaz, se han llegado a constituir nuevas formas recepción activa de los medios. Lo interior-exterior y lo privado-público se convierten a su vez en conceptos fluctuantes que señalan la capacidad de evocación activa y reactiva del medio, todo ello toma un papel dominante en ámbitos como Internet.

Entonces, podemos mencionar, que la interfaz opera como una forma concreta de representación metafórica, en la que se configura y organiza (se monta) la información en un mosaico, dispuesto para la significación y que para ello requiere de una infraestructura instrumental determinada por el uso y la inserción de la tecnología. Que ello la habilita como un lugar generado o generándose, en proceso y esto a su vez, hace que el papel de los interlocutores oscile entre la participación y la recepción, que casi nunca es pasiva. Y todo ello puede suponer un cambio en la forma de relación de la obra de arte con el espectador, una relación que tome en cuenta el valor político de las imágenes sujetas a transacción y resignificación y que impliquen una transposición con la experiencia vivida de los espacios representados y proyectados por los artistas, proyección de lo simbólico en la red, como mapa de lo real, de lo social.

Bibliografía

Blanco Paloma, et.al., Modos de hacer, arte crítico, esfera pública y acción directa, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2001.

Bourriaud, Nicolas, Postproduction. Culture as screenplay : how art reprograms the world, Lukas & Sternberg, New York, 2002.

Simposio :
Las Nuevas Tecnologías y su Inserción en la Plástica Tradicional, ENAP-UNAM, México 2005.